La avenida necesita una dosis extra de cariño, algo más que un simple apaño, antes de la gran reforma
LUIS BENVENUTY
Restos de bicicletas abandonadas, irregulares parches de asfalto, incómodas aglomeraciones de ciudadanos que se tropiezan y se miran con antipatía para recriminar el despiste ajeno... El tramo más histórico y señorial de la avenida Diagonal necesita una dosis extra de cariño, algo más que un simple apaño. La reforma se antoja cada día más necesaria. Y es que el caminar atento entre la plaza Francesc Macià y el paseo Sant Joan revela que el corazón de la vía ideada por Ildefons Cerdà para articular Barcelona carece del mantenimiento que requiere una de los principales estampas de la ciudad, y también que muchos ciudadanos no la tratan con el civismo debido.
Los lunares, uno por uno, no son graves, pero su proliferación y monótona sucesión trasmiten una sensación de dejadez, desidia y, sobre todo, desgaste en un lugar que debería inspirar lo contrario, en uno de los puntos de paso más transitados de toda la capital catalana. Con los primeros pasos uno comprueba que las recientes precipitaciones convirtieron los socavones en profundos charcos que estos días dieron pie a más de un exabrupto. Las raíces contribuyen a deformar y resquebrajar el asfalto. El piso no es uniforme. Y los parches de alquitrán que tratan de reparar muchos desperfectos también desequilibran al peatón acelerado.
Además, la ubicación de carriles bici, marquesinas de autobuses, guías para invidentes y quioscos no es siempre la más apropiada. Por ello los ciudadanos tropiezan los unos con los otros. Así, frente a las instalaciones de El Corte Inglés, en el lado mar de la Diagonal, los viajeros que bajan del autobús invaden sin darse cuenta el camino reservado para los que pedalean. Peatones y ciclistas realizan maniobras bruscas para no chocar en las horas de mayor afluencia. Todos se gruñen y recriminan la desconsideración de los demás. Las guías para invidentes, los caminos de plástico que los conducen a la puerta del bus, agravan la situación cruzando los carriles bici sin que nada les advierta de ello, sólo un timbrazo en el último momento.
Luego aparece una farola cuya caja eléctrica está precintada con cinta aislante. Todo el camino muestra una sucesión de farolas destripadas, sin cajas eléctricas ni bombillas, a la espera de que se decida si han de ser retiradas o recuperar su función original. También se suceden los parterres abandonados. Demasiados espacios reservados para el césped acogen una vegetación asilvestrada. La falta de cuidado ha hecho de algunos de ellos auténticos patatales, como sucede a la altura del número 441. Y en casi todos, a pesar de que las señales prohíben el paso de perros, pueden encontrarse con facilidad los excrementos de las mascotas.
No todo es responsabilidad exclusiva del Ayuntamiento. También abundan en los espacios verdes los pañuelos de papel y diversos envoltorios. La mayor parte de los bancos tienen pintadas, y a algunos les faltan varias tablas. Un ejemplo está frente al número 437, en el lado mar. Las pintadas también afectan a casi todas las cajas de servicios, algunas maltrechas con los cables al aire, caso de la más cercana a la calle Girona. Y a las verjas de muchos comercios. Los canalones lucen decenas de pegatinas que anuncian cerrajeros de emergencia.
Al menos diez bicicletas, o lo que queda de ellas tras perder ruedas y sillín, están abandonadas, con la cadena oxidada y el cuadro encadenado a las barras dispuestas para que aparquen. Una está frente a un establecimiento de Loewe. Las menos lucen una pegatina municipal que informa al propietario de que puede retirarla de la vía pública sin coste. Antes de llegar al paseo de Gràcia se pisan varias baldosas resquebrajadas, cerca de Còrsega, donde una cabina de teléfono no tiene teléfono. Vallas amarillas para impedir el paso se amontonan y afean el paisaje. Muchas están en la calle sin función clara. Al menos, en el paseo, La Vanguardia no halló ninguna papelera rota. El camino también fue recorrido por dos jóvenes que se hacían pasar por sordomudas para pedir dinero para una falsa entidad benéfica. Los pasos de peatones también necesitan una mano de pintura.
La Vanguardia .es
25-01-2010