JUEGOS PELIGROSOS
Fumadores de porros y amos de perro sin cuidado se suman a las actitudes más ásperas de la marginalidad | La coincidencia de la narcosala y otros servicios sociales atrae a marginados | Algunas tardes en la plaza Caramelles se cuenta más gente ebria que chiquillos
El incivismo, la degradación y el más marginal consumo de drogas están expulsando a muchos niños de los parques, plazas y zonas infantiles del Raval. Y los que se quedan aprenden a convivir con cartones de vino, charcos de sangre o botellas de agua mineral convertidas en pipas para fumar base de cocaína. La mancha no es tan espesa en el resto de la gran urbe. Pero no son sólo indigentes, alcohólicos, drogadictos y pies negros quienes, absortos en su hoyo, amenazan a los más pequeños. También son habituales los dueños de los perros de Gràcia que orinan en la tierra donde escarban los niños en sus juegos, los adolescentes del Eixample que fuman porros junto a los balancines, los padres de Sant Andreu que pisan sus colillas junto a la señal de prohibido fumar, espacio para niños...
Son las seis de la tarde. Una pelota rueda por el piso blando de la zona de juegos hasta detenerse frente a la cara de un hombre acurrucado en posición fetal. Un crío de cinco años se acerca despacio, coge el balón, mira al hombre, se inclina... Repentinos y violentos ronquidos lo espantan, le hacen correr a las faldas de su madre. "Que no se despierte. Así no enseña sus partes a los niños. Mejor ni mirarlo", dice la madre, una vecina de siempre del Raval. Estamos tras el cilíndrico hotel, entre los nuevos edificios del barrio, junto a la plaza Manuel Vázquez Montalbán, el escritor que tanto pisó el Chino, aquel barrio llamado a transformarse como lo hizo el del Born. Docenas de prostitutas ofrecen sus cuerpos a pocos metros.